Durante los últimos seis meses he estado usando IA prácticamente todos los días en mi trabajo y, salvo dos o tres personas de confianza, nadie de mi entorno laboral lo sabe. No es que lo esconda como si fuera un secreto industrial, es más bien que llegué a una conclusión muy concreta: contarlo no me beneficia en nada y callármelo me ha dado ventajas que todavía estoy procesando.
No te voy a vender la moto de «la IA me ha multiplicado por diez la productividad» porque eso es mentira y lo sabes. Lo que sí te voy a contar es lo que he ido aprendiendo sobre dónde realmente ahorra tiempo, dónde te lo hace perder, y cómo gestionar esto sin que el día menos pensado tu jefe te haga una pregunta que no sabes responder.
La diferencia entre «usar IA» y «delegar en IA»
Cuando empecé cometí el error que comete casi todo el mundo: le pedía a ChatGPT que me hiciera cosas enteras. «Hazme un informe sobre X», «redáctame un correo para Y», «resúmeme este documento». Y claro, los resultados eran lo que son: aceptables, genéricos, con ese tono que cualquiera con dos dedos de frente identifica al segundo párrafo.
Lo que me cambió la forma de trabajar fue darme cuenta de que la IA no es buena haciendo cosas por mí. Es buena haciendo cosas conmigo. Yo recomiendo no pensar en ella como un sustituto sino como un colaborador muy raro: uno que sabe muchísimo de algunas cosas, que se inventa otras con una cara durísima, y que necesita que tú lleves el volante.
Te pongo un ejemplo concreto. Tenía que escribir un correo difícil a un compañero porque había habido un malentendido y la cosa estaba tensa. Mi primer instinto fue pedirle a la IA que me lo escribiera. Resultado: un correo perfecto, frío, totalmente impersonal, que cualquiera habría detectado como sospechoso. Lo que terminé haciendo fue distinto. Escribí yo el correo en bruto, con mis frases y mis fallos, y luego se lo pasé a la IA con esta instrucción: «este es el mensaje que quiero mandar, dime qué partes pueden sonar agresivas sin yo darme cuenta y sugiéreme alternativas más neutrales para esas partes concretas, sin reescribir el resto». El resultado fue mucho mejor que cualquier cosa que la IA hubiera escrito sola.

Las tres tareas donde sí me ha cambiado la vida
Voy a ser concreto porque odio los artículos que hablan en abstracto.
La primera es resumir reuniones. Tengo una rutina que me ha cambiado bastante el día a día: cuando salgo de una reunión larga (sobre todo si son esas de hora y media donde se decide poco pero se habla mucho), me siento cinco minutos a apuntar las cosas que recuerdo. Luego se lo paso a la IA y le pido que estructure eso en tres bloques: decisiones tomadas, tareas pendientes con responsable, y temas que quedaron sin cerrar. Lo que antes me costaba media hora ahora me lleva diez minutos. Y lo más importante: como las notas son mías, no se inventa nada. Solo organiza.
La segunda es el primer borrador de cualquier cosa escrita. Y ojo aquí, porque hay un matiz importante. No le pido que escriba «un correo formal para tal cosa». Le pido que me genere tres versiones de apertura distintas para un correo cuyo objetivo es tal, dirigido a alguien con tal perfil, en tal tono. Eso me desbloquea la página en blanco, que es donde realmente pierdo tiempo. Luego elijo, modifico y termino yo. La página en blanco es el enemigo número uno de la productividad de oficina y nadie habla de ello.
La tercera, y esta me sorprendió, es preparar conversaciones difíciles antes de tenerlas. Cuando sé que voy a tener una reunión complicada (negociar plazos, dar una mala noticia, defender una decisión impopular), le pido a la IA que actúe como la persona con la que voy a hablar y que me ponga las objeciones más probables. Es decir, hago un ensayo. Esto a mí me ha salvado en más de una situación porque llegué con las respuestas ya pensadas. Antes esto solo se lo podías pedir a un compañero, y muchas veces no tenías ni a quién.
Donde la IA me ha hecho perder más tiempo del que me ha ahorrado
Esta parte casi nunca se cuenta, así que vamos allá.
Pasé como un mes intentando que la IA me automatizara la gestión de un Excel grande con datos un poco sucios. Spoiler: perdí más horas escribiendo prompts e intentando que entendiera la estructura del archivo de las que habría perdido haciéndolo a mano. Cuando los datos son específicos de tu trabajo, tienen vocabulario interno, abreviaturas de tu empresa, o lógica que solo entiende quien lleva tiempo allí, la IA se pierde. Y tú detrás intentando explicárselo, también.
Lección que saqué: si una tarea requiere mucho contexto interno que no se puede escribir en cuatro líneas, normalmente no merece la pena automatizarla. Te va a salir más caro el prompt que la tarea.
Otra cosa que me pasó: empecé a depender demasiado de ella para tareas creativas. Y lo que noté, casi sin darme cuenta, es que mis ideas empezaron a sonar todas igual. A los dos meses, releyendo cosas que había escrito con ayuda de IA, me di cuenta de que había perdido un poco mi voz. Ahora la uso menos para la parte creativa y más para la parte ejecutiva (organizar, resumir, comparar, revisar). La creatividad sigue siendo mía. Y creo que esto es algo que poca gente está mirando todavía pero que va a ser un problema serio en unos años.

Lo que haría diferente si empezara hoy
Tres cosas, muy concretas.
Primero, no le pediría a la IA que haga ninguna tarea entera de principio a fin. Siempre haría yo el primer paso o el último, aunque sea pequeño. Eso mantiene la calidad y, más importante, mantiene mi cerebro entrenado en esa tarea.
Segundo, me crearía desde el día uno una especie de «manual de mis prompts útiles». No los prompts que veo en Twitter, sino los que YO he refinado para MIS tareas reales. A mí me pasó que me pasé meses escribiendo casi el mismo prompt una y otra vez sin guardarlo, lo cual es absurdo. Ahora tengo un documento con unos quince prompts que uso constantemente y eso ya me ahorra muchísimo tiempo.
Y tercero, sería mucho más estricto separando lo que puedo meter en la IA y lo que no. Datos sensibles de clientes, información interna de la empresa, contratos, todo eso no entra. Y no entra ni siquiera «anonimizado a ojo», porque he visto cómo a gente se le ha colado información que pensaba haber tapado. Si tu empresa no tiene una política clara sobre esto, asume que la respuesta segura es no.
¿Hay que contarlo en el trabajo?
Esta es la pregunta del millón y voy a darte mi opinión, que es solo eso, una opinión.
En mi caso, decidí no contarlo porque trabajo en un entorno donde todavía se ve la IA con cierto recelo y donde decir «uso IA para esto» se puede interpretar como «no eres tú quien hace el trabajo». Y eso es un problema de percepción, no de realidad. La realidad es que el trabajo lo hago yo, mejor y más rápido, usando una herramienta. Igual que usar Excel no significa que la hoja de cálculo trabaje por ti.
Dicho esto, si tu entorno es distinto, si tu empresa fomenta el uso de IA o si trabajas en un sector donde ya es la norma, contarlo puede jugar a tu favor. Lo que no recomiendo es lo intermedio: usarlo mucho y comentarlo a medias, porque ahí es donde llegan los problemas. O lo haces público y lo defiendes, o lo mantienes como tu herramienta personal.
Y por cierto, esto último me parece perfectamente legítimo. Nadie le cuenta a su jefe que usa una agenda concreta o que se ha apuntado a un curso por su cuenta para hacer mejor su trabajo. La IA, cuando la usas bien, entra en esa misma categoría: herramientas profesionales personales. El día que esa percepción cambie del todo, ya veremos. Mientras tanto, yo seguiré así.